

Aprender es una tarea que parece no acabarse nunca. Más allá de lo que necesitamos para el trabajo o la vida diaria, también necesitamos aprender a parar un instante y reflexionar.
La vida es como un torrente que nos arrastra sin darnos tiempo a disfrutar. Vamos siempre con prisa, viviendo en el futuro, esperando algo o lamentando el pasado, mientras el presente se nos escapa casi sin darnos cuenta.
Por eso tiene sentido recuperar dos principios antiguos: memento mori (“recuerda que morirás”) y carpe diem (“vive el momento”).
¿Para qué nos sirve recordarlo? Para vivir de forma más plena y con menos remordimientos. Pensar que la vida es finita nos ayuda a cambiar la actitud con las personas que queremos y a reajustar nuestras prioridades.
Al final, ¿qué nos hace realmente felices? Amar y ser amados. Lo demás es complemento.
Buscamos la felicidad, pero muchas veces actuamos de forma que nos alejamos de ella. Aquí es donde carpe diem equilibra a memento mori. Y no en un sentido superficial o hedonista, sino como una invitación a disfrutar de lo cotidiano.
Un paseo tranquilo, una puesta de sol, la risa de un niño, una canción o la belleza de algo sencillo. Son pequeños momentos que, sin hacer ruido, dan forma a una vida más rica y más consciente.
Imagina que tu vida es un árbol, y cada momento que sabes disfrutar es una flor.
¿Has notado cuántos árboles apenas han florecido?